Desde que tengo una práctica regular de meditación, a veces sucede que medito durante la práctica de psicoterapia.
Al hacerlo, rara vez no lo percibo como un aporte. Desde mi perspectiva, el estado mental del psicoterapeuta es una variable crítica para la calidad del trabajo. Siendo la capacidad de escucha lo que uno quiere promover, la susceptibilidad a verse distraído o atraído por los propios pensamientos muchas veces ofusca la sensibilidad necesaria.
Muchas tradiciones meditativas utilizan la analogía de la mente ausente como el agua turbia producida por las turbulencias. El pensamiento mueve la conciencia y la perturba, reduciendo la nitidez con lo que es posible ver los objetos del fondo. En mi experiencia percibo algo similar, y durante la psicoterapia se ve representado como estar más preocupado de lo que está sucediendo que de mis propias preocupaciones o ideas.