Alude a las estructuras profundas del sistema educativo: rutinas, hábitos, procesos y formas de organización que se han arraigado en las representaciones sociales asociadas a la escuela y cómo funciona.
Estos terminan operando como supuestos básicos que los actores involucrados asumen – frecuentemente– sin cuestionar. O, por otra parte, si los cuestionan, la inercia de esta gramática es tan grande que no logran modificarla.
Metodologías a abiertas, flexibles y experimentales como el Pensamiento de diseño pueden ser de utilidad para combatir esta inercia, ya que no se oponen directamente a la gramática, sino que se “infiltra” entre sus grietas, para promover un cambio desde dentro, generando modificaciones en las representaciones mentales y mindsets de las personas involucradas respecto de qué es o no posible en el contexto escolar y qué se requiere para generar cambios.