Como muchos psicólogos de mi generación, el psicoanálisis fue mi primera gran pasión teórica. Me cautivó su profundidad, su capacidad para explicar la complejidad de la mente humana y, sobre todo, su potencial terapéutico. Esta fascinación no era puramente académica: durante seis años fui paciente en un proceso de análisis, la mitad del tiempo asistiendo dos veces por semana. Esta experiencia me permitió vivenciar en carne propia el poder transformador del encuentro analítico.

Sin embargo, con el tiempo, empecé a notar ciertas disonancias. Como alguien profundamente interesado en la evidencia que sustenta nuestras afirmaciones sobre la mente humana, a veces me encontraba en callejones sin salida donde el argumento parecía sostenerse más en la lealtad al dogma teórico que en una reflexión crítica. Era como si existiera una especie de pacto tácito para no cuestionar ciertos principios fundamentales.

Esta inquietud se profundizó cuando comencé a explorar otras perspectivas sobre la mente humana. Mi encuentro con la obra de biólogos como Humberto Maturana y Francisco Varela, y antropólogos como Gregory Bateson, me abrió los ojos a una visión más integrada del universo, donde todo está interconectado y nada surge del vacío. En este contexto, la pretensión del psicoanálisis de mantenerse como un sistema teórico aislado, particularmente de las ciencias naturales, comenzó a parecerme cada vez más problemática.

Fue así como decidí embarcarme en un magíster en neurociencia social. Quería tender puentes entre lo que consideraba dos caras de una misma moneda: los procesos mentales que estudiamos en psicoanálisis y su implementación en el sustrato biológico. Lo que encontré fue mucho más enriquecedor de lo que esperaba.

Uno de los descubrimientos más significativos fue mi encuentro con la etología, particularmente el trabajo de Niko Tinbergen. Me fascinó descubrir que la etología, como ciencia de la conducta animal, había desarrollado un método de observación sorprendentemente similar al del psicoanálisis: naturalista, abierto, esperando que el fenómeno guíe la comprensión. Esta similitud metodológica me ayudó a ver que no estábamos ante disciplinas irreconciliables, sino ante diferentes ventanas hacia una misma realidad.

El concepto que mejor captura esta integración proviene del trabajo de Michael Tomasello: “el ser humano es biológicamente cultural”. Esta frase aparentemente paradójica encierra una profunda verdad: nuestra especie posee predisposiciones biológicas específicas que nos permiten absorber y transmitir cultura. No hay una discontinuidad radical entre naturaleza y cultura, sino una continuidad evolutiva que hace posible la emergencia de lo cultural a partir de lo biológico.

Las “cuatro preguntas” de Tinbergen se han convertido en mi brújula para navegar esta integración. Este marco nos pide considerar cuatro aspectos de cualquier conducta: su mecanismo inmediato, su desarrollo durante la vida del individuo (ontogenia), su historia evolutiva (filogenia) y su valor adaptativo. El psicoanálisis brilla en los dos primeros aspectos, pero necesita del diálogo con otras disciplinas para abordar los dos últimos.

Esta perspectiva integrada ha transformado mi práctica clínica. Ya no veo el psicoanálisis y las neurociencias como paradigmas en competencia, sino como lentes complementarios que nos permiten comprender mejor la complejidad del ser humano. El psicoanálisis nos ofrece una comprensión profunda de la experiencia subjetiva y el desarrollo personal, mientras que las neurociencias nos ayudan a entender cómo estos procesos están anclados en nuestra biología y nuestra historia evolutiva.

Esta integración no debilita al psicoanálisis; por el contrario, lo fortalece al situarlo dentro de un marco más amplio de comprensión del ser humano. Nos permite mantener lo valioso de su perspectiva mientras reconocemos sus limitaciones y la necesidad de complementarla con otros enfoques.

Para los profesionales de la salud mental, esta integración ofrece herramientas más ricas para comprender y ayudar a nuestros pacientes. Para aquellos que están considerando iniciar un proceso terapéutico, representa la posibilidad de trabajar con un enfoque que reconoce tanto la singularidad de su experiencia subjetiva como su conexión con procesos biológicos y evolutivos más amplios.